miércoles, 15 de julio de 2015

Relato Corto:
Bruja,
por Athalia's

No importó que clamara por mi inocencia.
No importaron mis lágrimas.
Ni mis intenciones.
No importó cuánto recé a los dioses por mi salvación, encerrada en aquella oscura celda de prisión.
Al amanecer los guardias encapuchados vinieron a por mí, y, atada con férreas cadenas, me condujeron a la plaza mayor, donde mi destino esperaba.
Todos me miraban con odio al pasar.
Todos me despreciaban.
A mis oídos llegaban insultos entre dientes, oraciones de protección. Como si yo fuera a atacarles…Yo, una muchacha de diecisiete años, menuda e inofensiva.
Era una rea condenada a muerte.
Condenada… al fuego.
¿Y por qué?
Por sanar a una moribunda anciana.
Por darle salud en su lecho de muerte, cuando el galeno había declarado que no viviría para ver un nuevo día.
Por utilizar un don para ayudar a un necesitado.
Simplemente… por ser mágica.

La magia, aterradora y maligna.
La magia, que corría por mis venas como mi propia sangre.
La magia, que aprendí a usar avivando cosechas y curando cabras enfermas.
Mis padres siempre temieron que se descubriera mi vergonzoso secreto, me rogaron desde la más tierna infancia que rechazara aquella aberración impía y maligna que se aposentaba en mi alma.
Intenté complacerles… De veras lo intenté.
Pero hacer magia era para mí tan natural como respirar, y a veces, simplemente, no podía evitarlo.
A la larga…eso fue lo que supuso mi destrucción.

—¡Bruja!
Alguien me escupió en la cara. Yo, asqueada, intenté detenerme, limpiarme. Quise limpiar no sólo la baba que me caía por la mejilla, también todo mi cuerpo, mancillado por el sacerdote que intentó purificarme aquella noche.
Pero los guardias me obligaron a seguir caminando, y no tuve más opción que continuar el lento camino hacia la pira.
Mi vida había terminado antes incluso de verme atada en el poste.
Mis padres, al verme descubierta, juraron no saber nada de mi don y renegaron de mí como si fuera una paria.
Mis amigos me rechazaron públicamente en la detención.
Fue mi mejor amiga quien guió a la guardia.
Fui acusada de maligna brujería pro salvar a una anciana. Era irónico…cruelmente irónico.
Y aún así…
Aun así, yo…
Yo quería…
Quería vivir.
—Por favor…
Mis labios formaron las palabras, pero ningún sonido salió de mi boca.
A mis pies ya amontonaban paja y madera para quemarme.
Dejé caer la cabeza, derrotada.
—Por favor…
Apenas fue un murmullo trémulo que nadie escuchó. Nadie quería oír las súplicas de una bruja.
Nadie quería ayudarme.
Alguien…
Encendió el fuego.
Bruscamente peleé contra las cuerdas.
—¡Por favor!
Las dos palabras salieron a borbotones de mi boca…Un grito de auxilio.
—¡Por favor!
La multitud se agolpaba cerca de la pira, dispuesta a verme arder.
El fuego lamía la paja y la madera. El crepitar llenaba mis oídos…El calor…el humo nublaba mi vista.
No era humo. Eran lágrimas las que no me dejaban ver.
—¡Por favor, no he hecho nada malo!
Mi voz se quebró de pura desesperación.
Iba a morir.
Iba a morir quemada…
Por salvar a alguien.
Por curar a un enfermo.
Por ser mágica.
—¡POR FAVOR!
Me entró humo en la boca, y empecé a toser.
Las llamas se acercaban…
Ente la multitud distinguí un rostro que no mostraba odio ni regocijo.
Mostraba… consternación.
«Oh. Hay alguien…Alguien que se apena por mí», pensé, y aquello me hizo sentir mejor. «No estoy sola en el mundo».
Una persona, una única persona, era suficiente si se afligía por mí.
Contemplando aquel rostro de rasgos bien cincelados, un rostro enmarcado en largo y lacio cabello negro…El rostro de un hombre resuelto y voluntarioso…
Contemplándolo…Empecé a llorar.
Intenté sonreírle, pero simplemente lloré.
Y cuando las llamas alcanzaron mi carne, mis sollozos se volvieron gritos de agonía.
Lo último que vi fueron sus ojos.
Azules como el más vasto cielo.
Luego sólo hubo oscuridad…Y el crepitar del fuego infernal.


Tranquila… Yo cuidaré de ti.

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