miércoles, 8 de julio de 2015

Relato Corto:
Bullying,
por Athalia's

Subió de los primeros en el autobús de regreso a casa, y se sentó en uno de los asientos dobles más cercanos a la salida. Los demás, chicos y chicas de su edad, riendo y jugando, subieron tras él, pagaron como él, pero no se sentaron cerca. Fueron al fondo, donde podían ponerse como quisieran y seguir charlando, o se quedaron junto al conductor para hablar con él.
El autobús se puso en marcha. Allí estaba el chico, con los asientos de detrás y al lado todos vacíos. Pero aún podía oírlos. Sus risas estridentes. Una chica encendió su teléfono móvil y puso música gitana a todo volumen. Un par comenzaron a golpear los asientos con las manos, al ritmo de la melodía. Estaban aburridos. Siempre se aburrían en el viaje de regreso.
«Que no reparen en mí», pensó el muchacho, angustiado. «Que no me vean».
Aunque una parte de él sí quería ser vista.
No, por favor, no. Porque, si lo veían, comenzarían a acosarle. La burlona camaradería, los golpes demasiado fuertes en la espalda. ¿Qué hay, Misha? ¿Qué pasa, gatita? Oye, ¿nos invitas a tomar algo? No, no hace falta que vengas, sólo danos algo de dinero, va, tío, buen rollo.
Sí, por favor, miradme, aceptadme. El ruego silencioso de alguien que permanece aislado, mirándolo todo pero sin tomar parte, sin ser capaz de incluirse. Miradme. Estoy aquí. Hablad conmigo. Hacedme partícipe de vuestras risas y vuestros juegos.
Pero eso no ocurriría. No, él era el marginado, el aislado, el apartado. Le gustaba quedarse en casa, calentito, tranquilo, leyendo o estudiando. No le gusta salir, ni le gustaba el ruido. Le gustaba la calma.
El autobús se detuvo en otra parada. No era de ninguno de los dos institutos, pero a pesar de eso, una jovencita algo mayor que Misha subió. Él desvió la mirada de inmediato. La vio, y apartó la vista. Era guapa, preciosa, con los ojos brillantes y el cabello largo.
Sabía lo que pasaría. La bonita muchacha se sentaría probablemente frente al grupo de atrás de todo, y entablarían rápidamente conversación, aunque no se conocieran. Podría oír sus palabras. Hola, guapa, no te había visto por aquí antes, ¿eres nueva en el pueblo? Ellos la harían reír, conversarían, y para cuando el bus se vaciara, ya habrían intercambiado teléfonos.
Pensaba en todo esto cuando, para su sorpresa, la muchacha pasó por su lado, le dedicó una sonrisita y se sentó tras él.
«No, no, ahí no», pensó Misha, angustiado.
Si ella se sentaba ahí, los demás se acercarían para hablar con ella, y podrían molestarlo a él también.
Entonces retrocedió un poco en el hilo de sus pensamientos.
¿Se había sentado ahí?
Miró por encima del hombro y la vio tras él, apoyada en el cristal, mirando afuera con aspecto distraído. Se había puesto los auriculares de su pequeño mp4, y no parecía muy interesada en mantener conversaciones estúpidas con un grupo de estúpidos guaperas.
Volvió la vista al frente. Que no me vea mirándola, se dijo. Si me ve, estoy perdido. Se meterá conmigo, como las demás. Pensará que estoy intentando ligar con ella o algo peor. Que babeo. No babeo. No babeo.
El viaje siguió sin incidentes. La música gitana resonando en el autobús, los golpes en las sillas, las palmadas al ritmo de la canción, las risas. Las voces cantando mal habían empezado a sonar. Charla ininterrumpida.
Pero nadie se había acercado a la desconocida muchacha.
¿Por qué? Era guapa, y se tenía que ser guapo para llamar la atención de esa panda de ineptos. Guapo, o muy feo. Guapo si querían algo de uno, feo si se aburrían. Todo dependía. Pero la estaban ignorando, como si no la hubieran visto.
Miró otra vez por encima del hombro, y su mirada se cruzó con la de ella, que le dedicó una sonrisita. Volvió al frente otra vez, azorado. Notaba sus mejillas ardiendo. No volvió a girarse.
El bus comenzó a vaciarse. Algunos chicos bajaron ya, despidiéndose a gritos, otros se quedaron y se acercaron más para seguir charlando.
La chica se levantó entonces. Tocó con suavidad el hombro de Misha, gentilmente, y cuando éste, sobresaltado, la miró, le sonrió.
—Vamos —dijo con una voz suave, como la voz de un ángel.
La muchacha se puso frente a las puertas y apretó el botón de STOP. Misha se apresuró a ponerse la chaqueta, colgarse la mochila y salir.
Ambos bajaron un momento después en la parada, y el autobús se marchó. Permanecieron unos instantes quietos, en silencio; la chica se volvió hacia él, le dedicó una nueva sonrisa y comenzó a caminar.
Misha fue tras ella, cohibido. ¿Había seguido a una desconocida, sin más? Una sonrisa, un gesto amable, y ya lo tenía detrás como un perro. ¿Cómo podía ser? Hacía años que había superado esa fase de besarle el trasero a cualquiera que le hiciera un mimo.
Entonces, la muchacha dio un brinco y se volvió hacia él, deteniéndose, cogiéndose las manos por detrás.
—Sé lo que es —dijo suavemente, sonriendo, comprensiva.
—¿El qué? —respondió él con cierta brusquedad, a la defensiva.
—Que te ignoren cuando se divierten, que te ataquen cuando se aburren. Sé lo que es frustrarte cuando ni siquiera se comportan educadamente. Los móviles sonando bien altos para que todos oigan su música, que no tiene por qué gustar al resto de pasajeros. Su actitud ególatra. Soy el centro del universo, así que adoradme, amadme, lo soy todo para vosotros.
Misha tragó saliva, pero no dijo nada. Ella rió. Tenía una risa dulce, como el repicar de las campanas. No era burlona, no se estaba mofando de él. Eso parecía. Eso quería creer.
—No hace falta que sean muy mayores —comentó la muchacha.
—¿Quién?
Pero ya sabía quién decía. Mayores. Los adultos. Él también lo sabía.
—Diez años, y ya no saben lo que pasa en las escuelas e institutos —dijo la chica, mirando al cielo con sus preciosos y brillantes ojos—. Creen que saben mucho, pero en realidad, nada. Sólo nosotros lo sabemos, y no nos escuchan. No me refiero a un «nosotros» del colectivo adolescente.
No, claro que no. Ella se refería a los marginados. Los aislados. Los separados. Como él.
—Como tú. —La muchacha lo miró y sonrió, comprensiva—. No eres guapo.
—Vete a la mierda —espetó Misha sin siquiera quererlo.
—Oh, no quiero ofenderte con eso. Es casi un halago. Si eres un guaperas, eres como ellos. Perteneces a su bando, su grupo. Si eres hermoso, sepas lo que haces o no, humillas a los demás, les haces sentir que no son nada a tu lado, les haces daño. Algunos no son conscientes de ello, Misha.
—¿Cómo sabes quién soy?
—Porque me dedico a esto. Os busco, querido. A ti, y a todos los que, como tú, son aislados, apartados y humillados. Sé lo que sentís. Sé lo que sientes.
—¿Cómo puedes saberlo? Eres hermosa.
La chica alzó las cejas, y un leve rubor tiñó sus mejillas rosadas.
—Vaya, gracias. Pero no lo soy, Misha. Mírame bien. Mírame. No soy bonita. Soy sólo una chica normal. Como tú. No eres feo, sólo… normal. Del montón.
La miró mejor. Tenía razón. No era hermosa como ellas, las chicas de su clase que iban todas juntas, con su música reggetón y sus faldas cortas y sus altas botas. No, ella no era así. No tenía el cabello perfectamente cuidado, sino que era encrespado, largo pero salvaje; no era delgada como ellas, como las modelos que querían emular, no, la muchacha no era así; tampoco era alta, era más bien bajita; su ropa no destacaba, vestía de negro, pantalones de licra por debajo de las rodillas, una falda por encima, camiseta ajustada que dejaba su delicado vientre a la vista, botas, pero sin plataforma.
No era hermosa. Pero era bonita. Él la veía bonita. Bonita como ninguna de las demás podría ser nunca. Tan natural.
—Las personas del montón debemos tener carisma si queremos salir bien parados del instituto —dijo la muchacha—. Tú no lo tienes. Eres tan tranquilo. Yo también lo era. Lo soy. También sufrí en el instituto. Y en el colegio. Nadie me ayudó jamás, nadie estuvo de mi lado. Está bien, no era tan grave. Chicles en el pelo de vez en cuando; solía llevarlo corto para evitarlo. A veces alguna zancadilla, o papel mojado en clase. El falso compañerismo cuando les interesa. La burlona camaradería. Cosas como las que te hacen a ti, ¿no es verdad, Misha?
—Sí. Sí, es verdad.
—Muchos no son conscientes del daño que nos hacen. A los que lo saben, les importa un comino. Y los adultos… ¿Qué voy a decirte de los adultos? Nuestros padres dicen que estamos en la edad del pavo, o que debemos crecer y enfrentarnos a los problemas. Los profesores piensan que es una etapa…o tal vez piensan que es el orden natural de las cosas.
«El fuerte contra el débil», pensó Misha con amargura.
—Y el débil siempre pierde.
Misha miró a la chica. Ella sólo sonrió, encantadora, y tendió una mano pequeña hacia él. La manga subió un poco y dejó ver la muñeca de la chica. Una cicatriz cruzando la piel blanca por encima de las venas azules.
—Ven conmigo, querido Misha —le dijo suavemente—. No tienes que pasar por esto. Te llevaré a un lugar donde estarás a salvo de todo esto. Tendrás tu rinconcito para leer, para estudiar, para escuchar la música que te gusta. Podrás estar en silencio, en tu habitación. Y si quieres compañía, tendrás amigos que estarán al otro lado de la puerta. Gente que no se reirá de ti. Amigos de verdad. Personas que, como tú, aceptaron mi mano y ahora viven felices en un lugar donde ellos no existen.
Incondicional, irracionalmente, Misha tomó la mano que ella le ofrecía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, ansioso.
—Nina.


—Otro desaparecido.
—Me parece increíble.
—¿Qué hace que tantos chicos desaparezcan últimamente?
—¿Será algo en la televisión?
—No, Eric no veía la televisión,…
—Ah, el que dibujaba insectos en el jardín.
—El de las gruesas gafas redondas.
—Parecía un poco lelo.
—Chist, su madre está ahí, tonta.
—Ya son casi una veintena en esta provincia.
—¿Quién ha sido esta vez?
—Misha, el de la familia rusa.
—Ah, pobre mujer, que su desagradecido hijo se marchara así…
—Ni una carta ni una llamada en los tres días que lleva desaparecido.
—Niños, creen que lo saben todo.
—Sí, como si siempre tuvieran razón.
—Oh, mira, es la madre de ese Misha.
—Pobrecilla, mírala como llora.
—Sólo una buena madre podría llorar por un hijo tan desagradecido.
—Sí, es una buena mujer.
—Vamos a apoyarla.
—Sí, vayamos.
Desde la esquina, una muchacha de ojos brillantes y cabello encrespado que vestía de negro, vio a las mujeres que se acercaban a la desolada madre de Misha y le daban palmaditas en la espalda, intentando animarla. Sólo consiguieron que su llanto se volviera más histérico.
—¡Debí haberle escuchado! —sollozaba—. ¡Debí escucharle! ¡Todos debimos hacerlo!
«Es tarde», pensó Nina con tristeza. «Si sólo te hubieras dado cuenta un poco antes. Pero es tarde para tu hijo».
De forma inconsciente, se llevó la muñeca a los labios y lamió la herida con la punta de la lengua, resiguiéndola, con su brillante mirada dirigida al grupo de mujeres.
«Sirve de ejemplo», pidió en silencio. «Enséñales a escuchar. Madres y padres a quienes os he arrebatado los hijos, por favor, enseñad a los demás a escuchar».
Una veintena de voces se unieron a su susurro apenas audible.

—Escuchadnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario