miércoles, 1 de julio de 2015

Relato Corto:
Cosas del Metro,
por Athalia's

Baja las escaleras mecánicas, perdida en sus pensamientos, cruza los pocos metros que hay hasta la barrera, usa su T-50 y se dirige a los ascensores del fondo. Ella no me ha mirado. Pero, claro, ¿para qué va a mirar siquiera al chico de la información del metro, si sabe dónde está y adónde va?
Menudas curvas que tiene…Digo…¡Hola! Te estarás preguntando de qué demonios habla este pobre diablo, ¿verdad? Sí, claro, es bastante natural.
Mi nombre es Daniel, tengo 19 años y, como he dicho, soy el chico de información. Trabajo provisional, claro. Quiero ser veterinario, aunque mis notas son…en fin…Dejémoslo estar. En cuanto a aspecto, soy muy normal: alto, delgaducho, huesudo, de ojos color café y pelo revoltoso y castaño.
Vale, lo admito, tengo un pequeñísimo problema de granos. Pero nada más, ¿eh? Soy muy pero que muy normal.
Y de tan normal no ligo ni a tiros.
La chica de la que te estoy hablando es una jovencita que pasa por esta parada dos veces al día. Larga melena rubia y ondulada, ojos color caramelo (hm…caramelo…el que le pondría encima para luego…eu…este…dejémoslo), metro cincuenta y algo de altura (llavero, qué mona), curvas de infarto…
Tiene unos andares, oye, de diosa, de musa, de reina. Uff. Tanta elegancia no puede ser real. Menea ese traserito redondo que tiene, pero poquito, probablemente sin darse cuenta, y coge con un brazo su bolso, siempre cruzado, y el otro lo mueve al son de sus andares. La melena vuela a su espalda como un halo, como…como…mierda, qué malo soy para las palabras.
Eso sí, y contra todo pronóstico, viste modosita. Pantalones largos de cintura baja, sí, pero camisetas largas de manga corta, que se ajustan, pero no tanto como deberían. Si es que sus curvas me las sé porque anteayer llegó corriendo y empapada (no veas qué morbo, dios santo, estaba escultural, la ropa ajustándose a su cuerpo, el flequillo pegado a la frente, y ese pelo chorreando agua en su espalda…), y además hoy me lleva una camisetita apretadita de color azul, que la tapa el cuello, los hombros, el pecho y el estómago, pero deja a la vista su vientre terso y delicado.
Pero una tía así ni de coña se fija en un tipejo como yo. Vamos, es que ni soñando. Bueno, soñando sí.
¡Eh, soy un hombre! ¡También tengo derecho a soñar, y con la que me salga de los…los…! Los…¡cataplines! No te rías, os…tras. Que mi madre dice que ni piense palabrotas, oye, ¿qué quieres que te diga?
Bueno, volviendo a nuestro tema. Chica escultural pasa por la parada del metro dos veces al día, y que desde que trabajo aquí (sí, bien, es una semana) no me ha dirigido ni una triste mirada. Qué deprimente. Pero yo sueño con ella, oye, de verdad, es que está tan…uff, sin palabras.
Ey, pero que no tengo fantasías guarras, que eso no está bien. Que sí, que vale, que lo de tirarm…digo…hacer el amor con ella es una de las más recurrentes, pero ey, misionero, muchos mimitos y censurado. Bueno, la censura sólo a veces. ¡Eh, qué pasa! ¡Si no me la voy a tirar nunca, al menos puedo soñarlo!
Pero normalmente fantaseo sobre cómo me acercaré a ella cuando vuelva de donde sea que vaya.
Bien, bueno, esta es la definitiva. Esta vez iré y le diré…algo. Pensemos.
Señorita, ¿necesita ayuda?
Eh, al igual empiezo por ahí, me dirá que no y a tomar por ccc…c…traserín.
Pero, claro, si entro en plan ligón me lanzará una de esas miradas asesinas que mandan a veces las chicas, me dejará frito y, fiel a mi mala suerte, cogerá el bus en lugar del metro a partir de ahora.
¿Pero en qué maldito plan voy a entrar? Ligón, nada. Putón, menos (ups, eso ha sido una palabrota, ¡lo siento, mamá!), porque si entro put…eu…así, casi me manda a freír espárragos con todas las letras, y probablemente de forma más ruda; si es que a las chicas así, tan lindas, no les gustan los putt….puttt….eso. El papel chico-de-la-información tampoooooco sirve, porque si le pregunto si necesita ayuda me dirá que no (ey, eso ya lo había pensado, ¿verdad?).
Vamos, cabecita, rueda, mueve esos engranajes, traza un plan, tienes que hablar con ella hoy…
Ey. ¡¡¡¡EY!!!! ¿¡PERO CÓMO QUE YA SON LAS SIETE?! ¿¡DESDE CUÁNDO?! ¡¡PERO SI CASI…!!
Rectifico. Ella ya está aquí. Veo su linda carita entre las personas del ascensor que termina de subir. Las puertas se abren. Mierda, otro día sin hablar con ella. Mierda, mierda, mierda. ¡Sí, estoy soltando tacos, ¿qué pasa?!
La gente sale, ella la última, como siempre, porque prefiere ceder el paso a otros. Tan linda. ¡Yo la quiero, maldita sea! Me la comería de todas las formas en que se puede comer a una mujer. Menos canibalismo, por favor…Estoy loco, pero no tanto.
Anda los tres pasos que la separan de la barrera, moviendo ese traserín tan sexy, mirando al infinito sin prestar demasiada atención a cuanto la rodea. Se detiene un momento, y cuando las puertas de plástico se separan pasa corriendo. Siempre pasa corriendo. Es tan mona. Taaaaaaannn mona. ¡Yo la quieeeeeroooooo!
Algún desalmado pasa por su lado cerca de las escaleras y le tira el bolso. ¡Desgraciado! ¡Como te pille por aquí no te dejaré coger el metro, pedazo de animal!
El tipejo de mierda no se disculpa, ni ella levanta la mirada hacia él. Se acuclilla y comienza a recoger el contenido de su bolso, que se ha desperdigado por el suelo. ¡Maldito bastardo!
Sin pensar siquiera en lo que hago, camino hacia ella y me arrodillo.
—¿Te ayudo? —pregunto.
Ella alza la mirada. Me mira. Sus ojos de caramelo se fijan en mí. Se le encienden las mejillas y mira a otro lado, pero sus labios se curvan en una sonrisita tímida, adorable y encantadora.
—Gracias —dice con voz de ángel.
Y entonces me doy cuenta, no sé cómo, de que ella también se había fijado en mí.

En fin, cosas del metro.

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