miércoles, 29 de julio de 2015

Relato Corto:
los Puentes,
por Athalia's

Los puentes, que unían las distintas islas de aquel mundo hostil, eran los lugares más seguros de Kaoswa… al menos durante el día. Cuando el sol brillaba, no había nada allí que hiciera sombra, no había espacio para los horribles espectros que habitaban las tinieblas. No había postes ni columnas.
Pero, por lo mismo, cuando el sol caía no había nada que diera la luz suficiente para espantar a aquellos seres monstruosos.
Los puentes eran largos, muy largos. Se podía tardar todo un día en cruzar uno. En algunos puntos estaban resquebrajados, pero nadie tenía valor para intentar arreglarlo, pues bajo él, a su sombra sobre el mar…
Allí estaban.
Shela podía oírlos bajo el puente, sus respiraciones pesadas, lentas, ruidosas, el leve sonido de sus cuerpos levitando sobre el agua salada, sus capas raídas azotadas por el viento marino.
Desde aquella distancia no podían hacerle daño, se dijo. No podían atacarla. No podían herirla. No podían convertirla en una de ellos.
Pero el sol comenzaba a declinar, y Shela no podía evitar pensar en que se le acababa el tiempo… y aún no había llegado al otro lado. Tenía una linterna con ella, pero no le serviría de nada contra todo lo que había ahí debajo.
Caminó más deprisa. Si corría se cansaría en seguida, y eso no sería bueno. Así que seguía andando, andando sin parar. No se había detenido desde el amanecer, no había comido y comenzaban a faltarle las fuerzas, pero si se paraba aunque fuera sólo para dar un bocado…
Se oyó un repulsivo chirrido, y Shela chilló, cubriéndose la cabeza instintivamente, cerrando los ojos con fuerza.
Pero no era nada. Los espectros que había debajo del puente estaban arañando los soportes para asustarla todavía más. Podían oler su miedo. Estaban hambrientos. Pero no podrían alimentarse de ella, de su terror, hasta no tenerla cerca, a menos de un brazo de distancia.
Shela abrió los ojos de nuevo. Su respiración se había acelerado, y no lograba controlarla. Esta vez no pudo contenerse, y echó a correr.
El sol ya se comenzaba a ocultar, muy lejos de ella, en el horizonte, tiñendo el cielo de fuego y sangre.
Si tan solo no hubieran abierto aquella cripta hacía décadas. Si tan solo hubieran sido capaces de obedecer la apremiante advertencia que se alzaba en la roca de brillantes letras. Si tan solo el sentido común hubiera sido en su tiempo más fuerte que la curiosidad, todo aquello no estaría pasando.
Un solo espectro. Eso había en el interior de la sellada y antigua cripta. Uno solo de aquellos monstruos.
Ahora eran varios miles. Diezmaban la población humana de Kaoswa con una rapidez inverosímil. Se alimentaban de sus miedos, y cuando terminaban, los que habían sido hombres eran como ellos, espectros que levitaban y deambulaban por la tierra y sobre el mar en busca de otro bocado.
Los humanos no tenían armas para luchar. Las balas y los misiles no funcionaban; las flechas, espadas, lanzas y mazas no los herían; los virus no les afectaban. Eran inmunes a todo.
A todo, menos a la luz. La luz del día los convertía en polvo… si los tocaba directamente. Pero eran criaturas inteligentes, y, si bien podían verse vagando en las sombras de los edificios, no tocaban jamás el límite entre la tiniebla y la luz del sol.
Las luces eléctricas y las linternas los hacían retroceder, pero no los derrotaban. Ya era algo. Los humanos permanecían durante el día a la luz, y por las noches en habitaciones cerradas con todas las luces encendidas; las paredes no eran barreras importantes para los espectros, las atravesaban, pero no les debía ser grato, pues no lo hacían si había una ventana o puerta abierta.
Todos eran conscientes de que algún día habría un fallo y se quedarían sin electricidad. Por ahora, usaban placas solares, molinitos de viento, fuerza hidráulica, todo lo que estaba a su alcance para conseguir energía. Pero algún día no podrían. Algún día no recogerían energía suficiente.
Y entonces todos caerían.
Shela avistó finalmente el final del puente. Más allá se alzaban los edificios, las salas donde los humanos ya se escondían, las habitaciones llenas de luz. Aliviada, la muchacha empezó a correr más deprisa…
No vio la grieta en el suelo pedregoso del puente. No la vio, tropezó y cayó cuan larga era. Gritó, espantada y dolorida.
Alzó la mirada. De sol sólo quedaba ya una uña en el horizonte.
Horrorizada, se levantó deprisa, pero ahogó un chillido al notar un dolor punzante en la rodilla, y volvió a caer. Le sangraba la pierna.
—No, no… —murmuró, suplicante.
Desesperada, se obligó a ponerse en pie. A pesar de lo mucho que le dolía la herida sucia y sangrante, tenía que llegar, tenía que llegar…
Cojeando, siguió avanzando todo lo rápido que pudo. Ya casi llegaba. Ya casi…
Entonces vio la sombra de la noche corriendo hacia ella a velocidad de vértigo, y en seguida se vio tragada por las tinieblas nocturnas.
Con un gemido de angustia, rebuscó en su bolsa, temblando, y encendió la linterna. El foco lanzó un haz de intensa luz frente a ella, dándole una cierta sensación de tranquilidad. Tenía luz, tenía luz, nada malo podía ocurrirle.
Vio los espectros subiendo por la barandilla del puente, nada más que capas raídas cubriendo casi en su totalidad un cuerpo esquelético y sin consistencia.
—¡Fuera, fuera! —exclamó, aterrada, moviendo la luz a todos lados para espantar a las criaturas.
Los monstruos retrocedían con gruñidos molestos, pero en cuanto el haz se desviaba a otro lado volvían a escalar y acercarse a la muchacha.
Shela, presa del pánico, chilló y echó a correr, enfocando adelante con la linterna. Los espectros se apartaban de su camino, casi como si la dejaran pasar…
Lo que la muchacha no vio fue que se agolpaban tras ella, levitaban más deprisa que ella, y alargaban sus manos de hueso y putrefacción con tal de agarrarla.
Finalmente, uno de los monstruos asió un mechón de cabello negro y tiró. Shela gritó de dolor, y cayó al suelo otra vez. La lámpara se le escapó de las manos, rodó y cayó al mar.
Los espectros se acercaron a ella, hambrientos, rodeándola, acosándola, haciéndole sentir el terror más irracional del cosmos.
Sus respiraciones pesadas y ruidosas se vieron cubiertas por el último chillido agónico de la muchacha.

Cuando los espectros se dispersaron, había uno más con ellos, y ni rastro de la muchacha.

2 comentarios:

  1. .-. Tengo que dejar de imaginarme las cosas con tanta claridad... ahora siento escalofríos por las respiraciones de los espectros... yuyu, yuyu... Me ha gustado mucho el relato, ¿está ambientado en alguno de vuestros mundos o es independiente?

    Nos leemos.

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    1. ¡Oh, haberte asustado es un plus para el relato! ;)

      Pues sí, es uno de nuestros mundos. Siempre lo tenemos todo entrelazado, aunque sea en la distancia. Todo en el mismo universo, que es muy flexible, y en cada mundo puede haber leyes únicas, los dioses se forman de maneras distintas, y hay poderes parecidos pero distintos al mismo tiempo.

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