jueves, 1 de octubre de 2015

Relato Corto:
Dejad que me vaya,
por Athalia's

Me eché agua helada en la cara, intentando despejarme.
«Este soy yo», pensé. «Este soy yo, ¿de acuerdo? Este soy yo».
Pero al mirarme al espejo junto a la pica traté de ver algo más en mis ojos.
Algo que no estaba. Algo que había muerto hacía ya muchos años, en el mismo instante en el que yo nací.
Porque Shelly siempre iba a recordar al otro, ¿verdad? Siempre estaría presente en su corazón, en su memoria, en sus malditos recuerdos. Y yo… Yo sería el sustituto.
Aunque lograra que se enamorara de mí, ¿sería de mí, o del recuerdo de ese otro Lance?
«Nunca voy a ser bastante».
Miré el rostro que pertenecía a otra persona, enmarcado con su cabello negro como el ébano. El rostro que no era mío.
«¿Quién soy?».
Yo era Lance McKenzie, y había nacido en el bosque cuando el anterior se golpeó la cabeza con una roca. Así era mi vida. Así de patética y triste.
Así de falsa.
«¿Qué… soy yo?».
Un parásito en un cuerpo que no le pertenece.
Sólo un maldito gusano. Una garrapata. Una pulga. Un piojo. Algo que no debería estar allí.
Observé cómo una gota de agua descendía de mi flequillo por el puente de mi nariz, y luego a mis labios, el mentón y la garganta.
Se me ocurrió entonces una idea alocada, absurda, febril.
—Si yo me voy… —murmuré, mirando mi reflejo—. Si desaparezco… ¿Volverás con ella?
Si yo me iba, ¿regresaría el otro Lance para recuperar su cuerpo, su vida? ¿Vendría con su memoria intacta?
Shelly sería feliz entonces.
Yo… solo tenía que desaparecer.
Como si nunca hubiera existido.
Como no debería haber existido jamás.

No estoy loco, seamos claros. Fue un impulso. Un momento de locura transitoria. No soy un suicida ni un psicótico. Fue algo momentáneo. Un instante de desesperación.
Sin pensar me di un cabezazo contra el espejo.
Mientras el sonido del cristal al quebrarse llenaba mis oídos, mi vista se volvió roja, y me pregunté si aquello había sido lo último que había visto el otro Lance antes de desaparecer.
«Si me voy, él volverá. Y hará feliz a Shelly».

Los siguientes recuerdos son un poco confusos. Mi madre gritó, traté de calmarla, pero estaba aturdido y todo era tan rojo, tan rojo…
Vino una ambulancia haciendo mucho ruido, con la sirena puesta. Todo el mundo estaba alterado.

«Dejad que me vaya», pensaba todo el tiempo mientras a mi alrededor corrían y trataban de retenerme, de tirarme, llevarme, empujarme, sentarme, levantarme. «Dejad que me vaya y os devolveré a quien se fue una vez».

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