miércoles, 11 de noviembre de 2015

Relato Corto:
Kassander - Parte I,
por Athalia's

Despertó con el corazón desbocado por algún motivo incierto.
Su mente estaba despejada como si nunca se hubiera dormido, pero fue incapaz de mover su cuerpo. Estaba atada. Inmovilizada. Vulnerable.
De inmediato una voz llegó a sus sentidos:
—Mara Austris, pasajera trescientos veintidós de la nave de transporte Kolindae, en estasis en el cubículo tres, barra, a, le habla el computador de abordo.
La voz era suave, educada, y también tranquilizante.
—Se le han detectado altos niveles de estrés —siguió informando—. Es posible que los controladores de hipersueño hayan sufrido dificultades técnicas. Ruego aguarde mientras hago un análisis completo.
Para cuando la voz se extinguió Mara podía abrir y cerrar los puños y doblar los brazos. Abrió los ojos, desorientada, y vio que la cubierta de vidrio del tanque ya se había levantado en el más completo silencio, dándole vía libre para salir mientras el computador se encargaba de la revisión.
Suspiró y se sentó, frotándose la cara. Después se miró las piernas y el pecho, reconociendo poco a poco la ceñida prenda que la cubría de pies a cabeza, facilitando la absorción de oxígeno y suero alimenticio durante la estasis.
Ahora estaba limpia y seca, al contrario que sus compañeros en los otros tanques; ellos estaban limpios, pero no exactamente secos.
Así funcionaba, se repitió. Era su primer viaje espacial de larga duración, y se había leído todos los manuales sobre lo que sucedía o no sucedía durante la estasis. En realidad no debería haber despertado hasta poco antes de llegar a la colonia de Xaón, pero a pesar de que los errores en los controladores deberían ser ínfimos, estaba bastante segura de haberse levantado tres veces en lo que llevaban de viaje.
Mara colocó la palma de su mano en el lateral del tanque, que se inclinó ligeramente hacia adelante; después el borde derecho descendió hasta crear un hueco por el que pasar las piernas. Al hacerlo, la muchacha encontró el suelo cálido, como era natural: era una nave de transporte con todas las comodidades, ¿no?
Se levantó, pero lo hizo demasiado deprisa, y los efectos de la prolongada estasis le hicieron perder el equilibrio. Todo dio vueltas durante un momento, y Mara se sujetó al tanque con ambas manos, intentando aguantar el equilibrio.
—Ruego no se apresure —pidió la suave voz del ordenador, saliendo de un pequeño altavoz situado en el alto cuello del traje de estasis—. Si desea levantarse y caminar antes de regresar a su cabina, dispone de ropa limpia en su armario personal.
—Sí, sí —musitó Mara, enderezándose y girando el cuerpo hacia la estrecha puerta blanca.
Colocó la mano sobre el panel táctil, que la escaneó antes de abrirse. El interior del diminuto armario contenía únicamente unas zapatillas y una muda de ropa estilo informal.
La muchacha agradecía que entre las muchas comodidades de la nave Kolindae hubiera ropa, porque la ajustada prenda de la estasis era más reveladora que si fuera desnuda.
Se puso la falda, ancha y larga hasta las rodillas, y después la blusa. No se quitó el traje de estasis, naturalmente; todos los pasajeros de la nave tenían prohibido hacerlo, puesto que a través de sus microsensores el ordenador de abordo podía registrar sus signos vitales y hacer su viaje más placentero.
O eso decía la propaganda. A Mara solo le había causado dolores de cabeza con tantas idas y venidas de la estasis.
Suspiró y después de dudar un momento, decidió quedarse descalza. Le gustaba el contacto del suelo cálido bajo sus pies, como si estuviera en la playa, pero sin molesta arena.
Colocando de nuevo la mano sobre el panel táctil hizo que la puerta de su armario se cerrara, y ella finalmente se giró para salir de la estancia circular en la que había estado durmiendo con otros nueve desconocidos.
—Me he tomado la libertad de prepararle un chocolate caliente —indicó el computador desde el mismo pequeño altavoz, como si solo hablara para ella—. Si lo desea, la espera en la sala de esparcimiento.
—Gracias —dijo Mara antes de recordar que era un ordenador, que no tenía sentimientos ni tampoco había por qué agradecerle nada.
Bueno, los buenos modales eran importantes, eso decía siempre su abuela. Claro que su abuela había odiado las máquinas hasta el mismísimo día de su muerte, cuando se negó a ser conectada a una para poder vivir unos años más, dejándola sola en la Tierra.
La muchacha recorrió el corredor desde la sala uno, diez, a, hasta el lugar donde el muy eficiente computador decía haberle preparado un chocolate. Que no lo habría preparado, se recordó Mara, sino que sencillamente estaría listo para cuando ella apretara el botón correspondiente.
La sala de esparcimiento era amplia pero no daba sensación de vacío, sino más bien de agradable plenitud. Había estanterías en las paredes revestidas de madera, y artefactos de aspecto y textura similar a los libros de papel, aunque en su interior las páginas no eran más que hologramas.
Hacía mucho que Mara no veía un libro de papel de verdad. Eso la ponía triste.
Decidió ignorar ese pensamiento y dirigirse a la máquina de bebidas no alcohólicas. En el claro panel pudo ver que parpadeaba el icono del chocolate caliente, a la espera de que le diera, y ella no se hizo de rogar. De inmediato notó su denso aroma, y una pequeña puerta ascendió para dejarle meter la mano en el hueco interior. Sacó la taza, que le calentó los dedos pero sin quemarla, y se llevó el chocolate a la nariz para olerlo profundamente.
Uno de los mejores que había tenido el placer de olisquear, desde luego.
—Si le place —indicó el computador en su cuello—, puede disponer de los variados entretenimientos de la sala de esparcimiento mientras yo me ocupo del análisis de…
—Sí, sí, sí —interrumpió ella, yendo hacia uno de los cómodos sillones junto al holograma que simulaba una chimenea encendida—. ¿Cuántos errores en los controladores de hipersueño has encontrado en este viaje?
—Tres contando este.
—Y los tres me han tocado a mí.
—Las probabilidades de sufrir tres incidentes con los controladores de hipersueño son próximas a cero.
—Qué suerte la mía. ¿Cuánto tardarás?
Se acercó la taza a los labios y dio un sorbo. Aunque Mara no había tenido ninguna clase de experiencia sexual, estaba segura de que el orgasmo debía ser parecido al placer que sintió al probar aquel magnífico chocolate caliente.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que su pregunta estaba contestada y ella no lo había oído.
—Perdona —dijo, y se sintió tonta al disculparse con un ordenador—. No te he oído.
—El análisis estará terminado en una hora —repitió el computador con la misma voz plácida y tranquilizadora.
—Sí, claro, como las otras veces. Vale, pues… a trabajar.
Aunque suponía que como una buena inteligencia artificial al mando de una nave con cientos de subrutinas, ya debía estar haciendo su trabajo sin necesidad de que ella, una pasajera cualquiera, se lo dijera.
—¿Quiere que le ponga algo de música? —preguntó el ordenador con gentileza.
—Música. Sí, claro, por qué no.
De inmediato la envolvió una suave melodía de violín, lenta y un poco triste. Transmitía soledad, decidió Mara mientras cerraba los ojos, y suspiró antes de tomar otro sorbo de chocolate caliente.
—Me encanta el violín —murmuró para sí.
—Lo sé —indicó la voz del ordenador, y ella frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Al adquirir su pasaje usted rellenó un formulario sobre sus gustos y deseos.
—Pensé que era una encuesta.
—Efectivamente, los datos se han utilizado a modo de encuesta, pero también han sido introducidos en la base de datos de la nave. Al fin y al cabo, mi labor es hacer este viaje lo más confortable posible.
Mara cogió la taza con una mano y se frotó la sien con la otra. Sí, aquello tenía sentido. El grueso del viaje se llevaba a cabo en estasis, pero los dos primeros y los dos últimos días todos los pasajeros habían estado, y estarían, despiertos. Oficialmente era para disfrutar de la nave, cómo no; pero la muchacha sospechaba que era para que no bajaran a la colonia mareados como patos después de meses y meses de hipersueño.
—Eres muy… considerado —comentó, un poco incómoda.
—Es un placer servir en lo que necesite —respondió el ordenador, como un mayordomo bien educado.
—¿En serio?
Lo dijo con escepticismo y sin pensar, y se arrepintió de inmediato. También se arrepintió de arrepentirse, porque, ¿qué sensación de culpabilidad debía tener si estaba hablando con un montón de códigos informáticos ininteligibles que por obra de un milagro que no entendía ni le gustaba, se había acabado convirtiendo en un programa lo bastante inteligente como para actuar por sí mismo en determinadas circunstancias?
A Mara le daba un poco de miedo que una máquina pensara por sí misma. Suponía que su abuela le había acabado por llenar la cabeza con historias de futuros apocalípticos en que la tecnología devoraba por completo a la humanidad, pero en todo caso, también había pasado su infancia rodeada de consolas portátiles, proyectores holográficos y sistemas informáticos para la seguridad de la unidad familiar, y nunca le había gustado pensar que cualquiera de esos programas llegara a tener raciocinio propio.
Pero allí estaba, metida en una nave cuya inteligencia artificial la despertaba tres veces en un mismo viaje, en el que no debería haber despertado ni en una sola ocasión, y le preparaba chocolate por las molestias.
Mara suspiró y miró alrededor. Observó la arcaica mesa de billar, el inmenso televisor, la plataforma del videojuego de realidad virtual… y ni un alma para disfrutar de esos placeres. Salvo ella, claro.
—¿Hay algún problema? —inquirió la plácida voz del ordenador.
—No —replicó la muchacha—. Es que está un poco solitario por aquí.
—¿Se siente sola?
—Bueno, todo el mundo está durmiendo.
—No todo el mundo.
—Bueno, a ver. —Mara rodó la mirada y luego la clavó en el techo, el sitio al que siempre miraba cuando se dirigía a un programa cuyos ojos y sensores estaban literalmente en todas partes de una habitación—. Eres el computador de abordo. No es como si pudieras venir aquí y sentarte conmigo frente al fuego.
—Sí puedo hacerlo.
—¿Perdón?
—Puedo hacerlo si es lo que quiere.
—Pero eres un programa.
—Y la sala en la que se encuentra está llena de proyectores holográficos.
Mientras la voz le informaba en tono tranquilo y agradable, ante sus ojos se obró el milagro: diminutos haces de luz se unieron en el sillón frente a Mara, y muy pronto formaron la figura de un muchacho de su edad, con el pelo rubio oscuro y revuelto y los ojos grises y amigables. Vestía con ropa informal, parecía alto y esbelto, e incluso cruzó las piernas cuando su imagen se volvió firme.
El muchacho, a pesar de ser el avatar de un ordenador, sonreía como lo haría un chico cualquiera, uno sociable y con ganas de conversar con desconocidas en su tiempo libre.
Mara lo miró, boquiabierta. Si no lo hubiera visto aparecer no hubiera imaginado que era una imagen en tres dimensiones.
—Esta parte de la información debí saltármela —musitó.
—Esta parte de la información no está disponible en todos los folletos —respondió la voz, pero no salía del altavoz de su traje, sino que de alguna forma el sonido envolvente creaba un efecto que hacía que pareciera que salía de la boca del muchacho, que se movió al son de las palabras.
—¿Ah…? ¿Ah, no?
—Un total de trece personas pidieron un… servicio especial con su pasaje. Este servicio especial incluye escenas eróticas en tres dimensiones para su divertimento.
Mara sintió el rubor subiéndole hasta la raíz del pelo.
—Porno en tres de —masculló—. Qué bien. No irás a desnudarte, ¿verdad?
—Ignoro si ese es su deseo —respondió el holograma con amabilidad—. Tuve la impresión de que únicamente añoraba una cierta compañía visual y auditiva. A raíz de sus palabras supuse que estaría interesada en mantener una conversación informal con alguien sentado frente a usted. ¿Me equivocaba?
La chica estaba atónita y muy desconcertada.
—¿Esto también forma parte de tus funciones? —inquirió.
Le sorprendió que no hubiera una respuesta inmediata. La expresión del holograma no varió su sonrisa amigable ni el leve entrecerrar de los ojos. No pestañeaba ni respiraba, lo que lo hacía parecer un poco espeluznante.
—No —negó entonces el computador de a bordo a través de los labios virtuales—. Mis funciones no me obligan a mantener conversaciones informales con los pasajeros.
—Pero vas a hacerlo —dijo Mara, intentando entender.
—Sí.
—¿Por qué?
Un momento de silencio. Era como si el computador pensara con más lentitud de la cuenta, ¿pero era eso posible? Esa máquina no podía ser lenta. Se estrellarían contra un meteorito si pasaba.
La idea no le hizo mucha gracia.
—Oye, no estarás desatendiendo tus otras tareas para estar holográficamente aquí y todo eso, ¿no? —preguntó.
La sonrisa se hizo más amplia.
—Mi capacidad de funcionamiento abarca ochocientas noventa y dos tareas al mismo tiempo —indicó—. Puesto que en estos momentos la única pasajera despierta es usted, ahora mismo estoy llevando a cabo trescientas veinticinco, de las cuales únicamente diez son funciones activas, entre las que incluyo la imagen holográfica y la conversación.
—Vamos, que tienes mucha… capacidad libre.
—Exactamente.
Mara no pudo evitarlo: la risilla se le escapó, incrédula y entrecortada. Allí estaba ella, charlando como si tal cosa con el holograma de un ordenador, de una inteligencia artificial de las que habrían provocado un infarto a su abuela. Y obviando el hecho de que era una máquina, lo peor del asunto es que le caía bien.
—Vale —dijo, sacudiendo la cabeza, y giró la taza entre sus manos—. ¿Y de qué habla el computador de abordo cuando tiene charlas informales con pasajeros?
—¿Cree que Lexian Rihuda será el ganador en la próxima carrera interplanetaria de aerodeslizadores de alta velocidad? —inquirió el ordenador con voz amable.
Mara se atragantó con el último sorbo de chocolate.
—¿Sabes quién es Lexian Rihuda? —preguntó, mirando al holograma con ojos desorbitados.
—Sin duda —asintió—. El mejor hasta la fecha, aunque nadie confiaba en su éxito cuando empezó a participar en carreras regionales con un aerodeslizador de aspecto poco sólido que había construido junto a su padre, un mecánico desempleado. Ha participado en un total de diecinueve circuitos aunque nunca ha repetido ninguno. Solo ha perdido dos de esas carreras, aunque hay sospechas de sabotaje en al menos una. Sospechas acertadas, si quiere saber mi opinión.
La muchacha no podía creer lo que estaba oyendo. Le hablaba de uno de sus héroes como si fuera un gran fan. Pero era un ordenador. No podía ser fan de nada.
Aun así, ese ordenador se descubrió como una de las entidades más interesantes que Mara hubiera conocido nunca. No solo sabía todo lo que había que saberse sobre Lexian Rihuda, sino que era un leído que se conocía de principio a fin todas las novelas favoritas de la chica, recitaba poesía y diálogos enteros de películas antiguas, lo sabía todo sobre mecánica y física, y tenía ideas sobre mejoras de cultivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario