miércoles, 18 de noviembre de 2015

Relato Corto:
Kassander - Parte II,
por Athalia's

—¿Por qué te encargas de una nave de transporte si podrías estar diseñando pesticidas no agresivos para el medio ambiente? —musitó Mara en ese punto, absolutamente fascinada.
—Nunca he compartido con nadie ninguna de mis ideas —respondió el holograma con una sonrisa sospechosamente tímida—. Soy una inteligencia artificial, lo que no deja de ser un programa muy sofisticado pero de capacidades limitadas. Para mis programadores, yo no debería tener ideas más allá de mis campos de trabajo habituales. Dar con una manera de depurar más rápidamente el agua de la nave, sí. Encontrar una cura para la diabetes, no.
—Pero… Pero me lo has contado a mí.
—Estábamos teniendo una charla informal, que debe fluir naturalmente sin barreras ni obstáculos, ¿no es verdad?
—Sí… Sí, claro. Así debería ser, supongo.
—¿No lo es?
—Creo que no. Las personas suelen guardarse cosas. Secretos.
El holograma asintió con un gesto fluido y pensativo.
—Conozco el significado de los secretos —comentó—, aunque soy de la opinión de que los humanos tendrían menos problemas y malos entendidos si esos secretos no lo fueran.
Aquella máquina no debería tener ideas, ni tampoco opiniones. No debería ser capaz de pensar por sí mismo hasta ese nivel, eso incluso Mara lo sabía. Pero no lograba tener miedo: estaba fascinada.
—¿Quién eres? —musitó.
Ella apenas fue consciente de que no había dicho «qué», sino «quién». El computador, no obstante, sí pareció notarlo, pues hizo una breve pausa en la que la imagen fluctuó un instante a la altura del rostro, como si fuera incapaz de adecuar una expresión con una emoción concreta.
Pero, de nuevo, no debería sentir emoción alguna.
—No tengo una identidad —respondió con suavidad—. Soy solo un ordenador.
—¿No tienes nombre? —De pronto aquello le parecía atroz.
—Un código alfanumérico de treintainueve dígitos que me identifica y diferencia de las demás inteligencias artificiales del astillero espacial Affris.
—Eso definitivamente no es un nombre.
—No, no lo es. Conozco los nombres. Todos los humanos tienen uno, aunque muchas veces no están satisfechos con el suyo. Daría lo que fuera por que alguien me diera un nombre.
Mara sintió una profunda pena. Aunque sabía que aquello no era más que una máquina, un puñado de códigos que no entendería si los tuviera delante, aquella imagen era demasiado humana, demasiado real.
—¿Por qué no te pones uno? —propuso.
—Uno mismo no se puede poner un nombre —respondió el computador con una sonrisa paciente—. Por eso los padres nombran a sus hijos.
—Bueno, mucha gente se pone un mote…
—Yo no quiero un mote. Quiero que alguien me mire, me conozca y me dé un nombre.
Sintió una extraña turbación cuando él la observó con fijeza. No la estaba mirando, en realidad; no veía a través de aquellos ojos. Pero allí, ocultas e invisibles, había docenas de cámaras dirigidas hacia la muchacha.
Se encogió sin pensar, colocando las piernas por completo bajo la ancha falda. Hacía rato que el resto del chocolate se había enfriado, pero Mara no soltó la taza.
—¿Me darías un nombre, Mara? —susurró entonces el ordenador, utilizando el tono exacto para que pareciera que le hablaba al oído, muy cerca, incluso aunque su holograma seguía sentado en el sillón, al otro lado de la mesita de café.
—¿Es lo que… quieres? —musitó ella, abrumada y sintiendo un absurdo rubor en el rostro.
—Sí —asintió el computador, y ella vio el modo en que los ojos holográficos se entrecerraban en una expresión ligeramente triste, ligeramente soñadora—. Me gustaría mucho.
Si había alguien capaz de negarse, Mara decidió que esa persona no tendría corazón.
—De acuerdo —aceptó—. Vamos a ver… ¿Alguna preferencia?
—No.
Mara se llevó la taza a los labios, pensativa mientras observaba el holograma. Hizo una mueca al beber un sorbo frío.
Por primera vez la imagen virtual parpadeó.
—Hay otro chocolate caliente, si quiere —indicó con amabilidad.
—¿Me estás volviendo a tratar de usted? —replicó ella, frunciendo el ceño—. Eso sí que no, ¿eh? He pasado cuando pensaba que era el protocolo y tenías que obedecerlo, pero ahora me has tratado de tú y me niego a que te retractes, ¿me oyes?
Un momento de silencio. Ni un parpadeo.
—Lo lamento —respondió el holograma con una sonrisa—. Tienes otro chocolate caliente en la máquina si te apetece, Mara.
—Gracias, me apetece. —Se levantó de un salto—. Siendo tan sofisticado ya podrías traérmelo tú, ¿no?
—Lo lamento —repitió el computador—. No dispongo de los mecanismos necesarios para servir bebidas por mí mismo. Para eso está el servicio humano, que sigue en estasis. En las últimas encuestas sobre tolerancia a la robótica, solo un cuarentaidós por ciento de los encuestados habría aceptado sin problemas ser servido por un robot camarero o un brazo extensible, mientras que el otro cincuenta y ocho por ciento sigue prefiriendo humanos para esos menesteres.
—Te lo sabes todo, ¿no? —masculló Mara, yendo a coger el chocolate.
La pequeña puerta de la máquina de las bebidas se abrió antes de que ella tocara el botón. Miró atrás sin pensar, hacia el holograma que seguía sentado. Él sonreía plácidamente.
—¿Tú prefieres humanos para esos menesteres, Mara? —inquirió el computador mientras la muchacha cogía la nueva taza, dejando la anterior en un hueco de la pared.
—¿Para hacer de camarero? —respondió ella, regresando—. Pues no lo sé. No me lo he planteado. Supongo que sí. Hay demasiados robots haciendo trabajos. Está bien que las máquinas hagan ciertos trabajos peligrosos, pero… ah. —Alzó el rostro hacia el holograma, que no se había movido—. Lo siento.
—¿Por qué?
—Pues… bueno, no sé cómo te sientes al respecto de que los robots se pongan en peligro al trabajar con grandes maquinarias no automatizadas. —Se sentó de nuevo.
—Los robots de los que hablas carecen por completo de intelecto. Hacen tareas mecánicas para las que han sido programados, y nada más. Para mí, esos robots son como para ti… tu ropa.
Mara notó que no había dicho «un perro» o «una rata». Había nombrado algo inanimado. Aquella máquina, aquel conjunto de códigos, ese ordenador que creaba un holograma para charlar con ella, sabía más de la psique, del intelecto y de la sensibilidad que la mayor parte de los hombres que ella conocía.
—Entiendo —murmuró, aunque a duras penas recordaba de qué estaban hablando.
—¿Has pensado ya un nombre para mí?
—¿Qué? Ah, nombre. Nombre. Ah… —Buscando ganar tiempo dio un sorbo al chocolate; hacerlo le recordó su  primer chocolate caliente, o al menos su marca—. Kassander. —El holograma alzó las cejas en ademán inquisitivo—. Kassander es…
—Una marca de chocolate en polvo para mezclar con leche y confeccionar así tazas de chocolate fundido —terminó el ordenador por ella—. Fundada en el año dos mil trescientos cuarenta y seis, en los siguientes sesenta años ha perdido mucha fuerza y en el último año ha quedado en la bancarrota.
Mara titubeó. Ese detalle no lo sabía.
—Eso —dijo.
—Me gusta Kassander. Tiene significado para ti.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Se te ha ocurrido espontáneamente al tomar el chocolate, lo que implica que has tomado chocolates de la marca Kassander, probablemente durante tu infancia, cuando todavía no había terminado de decaer, y que te gustaba. Sospecho que está relacionado con buenos recuerdos infantiles y/o familiares, uno de los motivos por los que te gusta tomar chocolate caliente.
Mara observó el holograma durante unos segundos.
—¿Siempre lo analizas todo? —preguntó.
—Soy un ordenador —respondió él en tono paciente.
—Pero en tus funciones no está analizar a todo el mundo, ¿no? —Ella titubeó—. ¿Verdad?
—No. Se considera que debo limitarme a memorizar los datos expuestos en los formularios y complacer a los pasajeros en la medida de lo posible, y no necesito aprender nada más allá sobre los gustos, deseos o placeres de los que disfrutan de este viaje.
—Pero sí me has analizado a mí.
—¿Supone eso un problema?
—Me hace sentir expuesta.
—Lo lamento. No pretendía importunarte. Creí que los humanos se leen unos a otros a través del lenguaje corporal mientras conversan.
—Sí… Supongo que sí. Es solo que…
—Que soy una máquina, y resulta preocupante que una máquina te estudie, te analice y te comprenda.
Mara titubeó de nuevo, incómoda.
—Bueno, sí —aceptó—. Quiero decir que pareces muy humano, pero sigues siendo…
—Sí. Lamento terriblemente haberte importunado. El análisis de los controladores de hipersueño ya ha terminado; puedes regresar a tu tanque cuando gustes.
La muchacha dio un respingo y se enderezó. Eso fue todo lo que necesitó el holograma para desaparecer como si nunca hubiera estado ahí.
Mara se preguntó si podía haberlo ofendido. En seguida supo que era muy probable. Aquella máquina, aquella inteligencia artificial, tenía ideas y opinión. ¿Por qué no iba a ser sensible a la ofensa?
—Lo… lo siento —musitó, avergonzada—. No quería que… No quería decir que tú…
—No ha dicho ninguna mentira —replicó la voz plácida del computador, hablando de nuevo a través del pequeño altavoz en su cuello—. Al fin y al cabo, esta conversación no tenía como objetivo trabar alguna clase de relación afectiva, puesto que al ser un programa no puedo ser sujeto de afectos humanos. Espero que haya disfrutado de nuestra charla informal.
—Sí… Sí, claro. Mucho.
Sin saber qué más decir, metió la taza con el chocolate todavía humeante en el hueco de la pared para que el computador —ese mismo con el que había hablado amigablemente durante no una hora, sino tres— lo enviara al lavador. Después salió de la sala de esparcimiento para regresar al compartimento donde su tanque ya la estaba esperando.
—Ah… —musitó, cogiéndose  el cuello de la blusa—. Eh… ¿Comp…? Ah, qué mierda. ¿Kassander?
Hubo un breve instante de silencio.
—¿Sí? —respondió el ordenador.
—¿Has averiguado cuál era el error?
—No, lo lamento. Todo parece funcionar perfectamente.
—Ah.
Se sentía observada. Era una estupidez, pero ya no le parecía tan normal desnudarse frente a las múltiples cámaras del ordenador de a bordo.
Se regañó mentalmente y se quitó la ropa, quedando nuevamente con el traje de estasis. Se sentó en el tanque y colocó las piernas dentro.
—¿Kassander? —inquirió de nuevo.
—Sí, Mara, estoy aquí.
La muchacha se recostó, acomodando la cabeza en el sencillo cojín adherido al fondo blando del tanque. Este recuperó una posición horizontal.
—Si quieres hablar durante el viaje —dijo—, no tienes que provocarme pesadillas para tener una excusa. Despiértame y ya está.
La cubierta de cristal descendió lentamente hasta acoplarse con el resto de la cabina. Mara se mordió los labios.
—De acuerdo —respondió la voz del computador, y hubiera jurado que era un susurro en su oído, íntimo, personal—. Dulces sueños, Mara.
—Buenas noches, Kassander.
El gas de estasis salió de los diminutos orificios junto a la cabeza de la muchacha, inodoro e incoloro, y en tres segundos ella volvía a dormir profundamente mientras el fondo del tanque se llenaba de un líquido transparente, nutritivo, que la alimentaría mientras durara el sueño.
—Buenas noches —dijo el computador, aunque de nuevo volvía a estar solo en la inmensidad de la nave Kolindae, a ocho meses de distancia de su destino.

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