miércoles, 13 de abril de 2016

Relatos cortos:
Estrella Fugaz

El espíritu abandonó las cómodas hojas de Yggrassil por primera vez en su corta existencia. Acababa de ser formado en el interior del Gran Árbol, su consciencia iniciada a partir de la condensación de la energía.

Y ahora que existía, la diminuta y límpida alma abandonó la seguridad de Siúhl.

No lo hizo por su cuenta. No podía. Era solo un espíritu, y de no haber tenido a Yggrassil para indicarle el camino, quién sabe; seguramente hubiera permanecido inmóvil, desorientado, hasta consumirse.

Pero lo guiaban. En cierto modo la fuerza del Gran Árbol no solo lo empujó fuera del cobijo de su cúpula, sino que lo catapultó literalmente a través del Vacío hasta su destino: un vientre materno en el que tomar un cuerpo.

Entonces viviría. Entonces verdaderamente existiría.

El espíritu notaba un atisbo de pueril emoción mientras volaba a través de los mundos, atravesando toda la materia sin adherirse a ninguna, mientras sentía acercarse más y más su objetivo.

Cayó del cielo como una estrella fugaz, como hacían todas las almas. Descendió del firmamento a toda velocidad, invisible a los ojos mortales, y se fue acercando a la madre que lo amaría más que a nada.

Allí estaba. Podía verla ya: mujer humana, joven, de pelo color ébano. Tal vez también él tendría pelo color ébano. Tal vez tendría los mismos febriles ojos grises. Tal vez…

Entonces ella desapareció.

Entre un instante y el siguiente el vínculo que unía su espíritu a su cuerpo se rompió, y el alma que había habitado aquella carne quedó inmóvil sobre esta, perdida.

Su madre había muerto con el bebé en el vientre. Ya no nacería. ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer?

Allí el guardián de las almas, el recolector que guiaba a los muertos hacia el sendero, trató de atraparlo. Pero él viajaba a demasiada velocidad. Se escurrió entre sus dedos. Penetró el cuerpo de su madre; penetró su propio cuerpo, el que debió pertenecerle, pero era demasiado frágil.

No podía vivir allí.

Como si no hubiera obstáculos frente a él, el espíritu siguió descendiendo más allá de su voluntad. Atravesó carne y hueso, atravesó el jergón, el suelo… la tierra.

Y entonces se estrelló con el maná.

Al contacto con aquella incomparable cantidad de energía, la pequeña alma sintió que se desharía en ella: que se derretiría igual que el hielo en un cuenco de agua caliente. Que dejaría de existir.

Nada podía entrar en los profundos pozos de maná. Nada podía salir vivo de allí. El espíritu sabía todo eso, como lo sabían todas las almas a un nivel que iba mucho más allá del cerebro, del sentimiento o el instinto. Era sencillamente un conocimiento inherente en él, en todo.

Y aun así, mientras el maná lo consumía, lo devoraba, lo deshacía para acoplarlo a sus amplias corrientes, el espíritu tuvo su primer y único pensamiento consciente:

«Quiero vivir».

Fue esa voluntad, más que ninguna otra cosa, lo que concedió su deseo.

El vínculo perdido con su cuerpo, cualquier cuerpo, se restableció. La pequeña alma logró escapar de las abrasadoras corrientes de energía, y el vínculo tiró de ella con fuerza, guiándolo hasta un nuevo vientre materno, donde el bebé de apenas unos días ya aguardaba un espíritu que lo hiciera vivir.

Entró en él, se acopló a aquella carne perfecta todavía a medio formar, y sintiéndose a salvo, durmió.

Al despertar lo hizo llorando a pleno pulmón, sin recordar que en una ocasión nadó en la mismísima energía de la tierra que estaba a punto de habitar.


Nadie se dio cuenta de que aquel brevísimo instante lo había transformado. Ya no era humano, y jamás volvería a serlo.

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