viernes, 21 de febrero de 2020

Relato Corto:
¿Has visto un fantasma?


  • ¡Aviso!
Este relato se relaciona con la saga El Círculo de las Almas. La escena sucede en algún momento de Röryan, el Caballero... pero con un punto de vista muy distinto.

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Era perfecto.
Se estaban levantando, todos. Lo sentía: sentía la tierra en sus manos, sentía sus piernas torpes fortalecerse, veía a través de sus ojos la oscuridad, y las pequeñas y adorables casas que íbamos a destruir.
No iba a quedar nada de cuanto él amaba.
Nada. Lo reduciría todo a escombros con mis marionetas, y cuando regresara al que creía su hogar natal sólo quedaría desolación y amargura.
Y cuando llorara, impotente, dejaría que me mirara a la cara, que viera cuál de los dos era el vencedor. Entonces lo mataría.
Ni siquiera lo haría con mis manos. No lo merecía. Una de mis marionetas lo mataría, y su cuerpo, el cuerpo de mi hermano, de mi enemigo, se uniría a mi ejército. 
A ella no la vi venir. Andaba lentamente por entre las casas y no presté atención a mi verdadero cuerpo, y por eso no la vi.
Chocó conmigo como si no me hubiera visto, como si no existiera, como si fuera invisible. Chocó y empezó a gritar, la muy histérica. La agarré…Me agarré a ella para no caerme, maldición, pero chilló y me arañó. Yo gruñí y traté de detenerla, llamando frenéticamente a mis marionetas para que me protegieran, pero entonces paró. 
Me di cuenta de que se me había caído la capucha. Lo noté no sólo porque veía mejor y el aire frío de la noche me tocaba la nuca desnuda, sino porque la mocosa estúpida me miraba con los ojos desorbitados y esa boquita diminuta pronunció el maldito nombre:
—¡Oh, Röryan…! ¡Röryan!
<<¡No!>>, pensé con rabia.
La desgraciada ya se aferraba a mí, se apoyaba en mí como lo haría en ese malnacido, y lloraba mientras pronunciaba su nombre una y otra vez. Esa ramera de tres al cuarto creyendo que su ángel salvador acudía a su rescate, que yo era ese ángel.
Oh, un ángel. Un ángel caído, corrompido y despiadado.
Aferré sus brazos. Intentaba hacerle daño, pero ella sólo seguía llamándolo entre lágrimas de alivio, la desgraciada, sin pensar en el dolor, sin pensar en el cansancio, sólo en que su héroe particular venía a salvarla. 
<<Nadie va a salvarte. ¡Nadie va a salvarte!>>.
Hundí los dedos en su cabello, la agarré y tiré con fuerza. Con un gemido inclinó la cabeza hacia atrás y me miró a los ojos como si estuviera sorprendida.
Y yo le sonreí.
Le sonreí con crueldad, con cinismo, con amargura.
—¿Qué pasa, querida? –murmuré con voz espesa-. ¿Has visto un fantasma?
Creo que finalmente entendió.
Entendió que no era quien pensaba, sino que yo era, ni más ni menos, que el nigromante que había levantado a los muertos en sus tumbas.

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